Las especies no autóctonas invasoras han ocasionado impactos negativos sobre la biodiversidad y la estructura y función del ecosistema en numerosas regiones del planeta Tierra, entre ellas, la región subantártica (considerada por el Tratado como un ecosistema asociado y dependiente), donde se han introducido más de 200 especies no autóctonas (1). Los considerables cambios estructurales en la biodiversidad y el ecosistema en algunas islas subantárticas son un ejemplo de lo que puede suceder en la Antártida a medida que avance el cambio climático y continúe creciendo la actividad humana (1,2). En la actualidad, la Antártida tiene unas pocas especies terrestres no autóctonas conocidas, que en su mayoría, según se ha documentado, se limitan a plantas florales e invertebrados (Figura 1 y 2; 1,3,4). Sin embargo, las últimas tareas de seguimiento han perfeccionado nuestro conocimiento sobre la cantidad de especies introducidas y su distribución (5,6).
Figura 1. Mapa de la región de la Península Antárctica donde se muestra la distribución de plantas vasculares no autóctonas conocidas (■) y especies de invertebrados (●) (para más detalle, véase la sección de Recursos).
Figura 2. [A] Nassauvia magellanica erradicada de la isla Decepción en enero de 2010 (Fotografía: K. A. Hughes). [B] Trichocera maculipennis encontrado en el sistema de desagüe de la Estación Artigas (isla Rey Jorge/isla 25 de Mayo, Islas Shetland de Sur) en 2006/07 y actualmente encontrado en hábitats terrestres circundantes (Fotografía: O. Volonterio). [C] Planta no autóctona en maceta, en la ventana de una estación de investigación de la Antártida (isla Rey Jorge/isla 25 de Mayo) (Fotografía: K. A. Hughes]. [D] Poa annua en la isla Decepción, que luego se eliminó (Fotografía: M. Molina-Montenegro). [E] Poa pratensis en Punta Cierva, Península Antártica, donde se introdujo por primera vez durante la realización de experimentos de trasplantes entre 1954 y 1955 y que fue eliminado en 2015 (Fotografía: L. R. Pertierra). [F] Suelo no antártico introducido por accidente tras haberse adherido a las ruedas de vehículos de la Estación de Investigaciones Rothera, Península Antártica (Fotografía: K. A. Hughes). [G] Las incrustaciones en el casco de las embarcaciones son una vía de introducción de especies marinas no autóctonas en la Antártida (Fotografía: K. A. Hughes). (H) Mosquito quironómido no volador Eretmoptera murphyi, proveniente de las islas Georgias del Sur (South Georgia) e introducido a la isla Signy, Islas Orcadas del Sur (Fotografía: P. Bucktrout). [I] Elefante marino (Mirounga leonina) descansando sobre un canal de drenaje debajo del emisario de la planta de tratamiento de aguas residuales de la Estación de Investigaciones Rothera. Si bien los desagües son tratados, es posible que haya una alta carga microbiana según la eficiencia y el rendimiento de la planta de tratamiento de aguas residuales. Nada se sabe sobre los efectos que podría ocasionar la ingestión de aguas residuales sobre los mamíferos marinos y la avifauna de la Antártida. [Fotografía: K.A. Hughes]
La mayoría de las especies no autóctonas se introdujeron de manera no intencional a través de la importación de cargamentos, alimentos frescos, indumentaria y efectos personales (1,3,7,8). Se han encontrado especies no autóctonas en bases antárticas e instalaciones hidropónicas (1). Para citar un ejemplo, sigue habiendo insectos en los sistemas de desagües de algunas bases a pesar de los intentos de erradicación, y éstos pueden propagarse y establecerse en el medioambiente local (4,9).
Se sabe muy poco sobre la cantidad de especies no autóctonas introducidas en los medioambientes marinos antárticos, pero se podría estar introduciendo especies a través del agua de lastre o por el casco de las embarcaciones (1,10). Tampoco se conoce demasiado sobre la introducción de microorganismos no autóctonos, pero es sabido que puede afectar la salud de la fauna y flora silvestres (11) y dar lugar a la introducción de material genético nuevo en las comunidades microbianas autóctonas con consecuencias imprevisibles en la estructura y función de la comunidad microbiana (12).
Si bien la mayoría de las especies no autóctonas conocidas de la Antártida se ha detectado en la región peninsular antártica, algunas fueron encontradas en otras regiones (Figura 1; 1,4). Esta distribución está íntimamente relacionada con las áreas que, se prevé, serán las más susceptibles a sufrir la introducción de especies no autóctonas debido al alto nivel de actividades turísticas y de operadores nacionales que allí se llevan a cabo y debido a sus condiciones climáticas favorables (8). La isla Decepción (Islas Shetland del Sur), por ejemplo, es uno de los destinos más visitados de la Antártida, pero es también el más invadido, con nueve especies de invertebrados no autóctonos (4,8,9,13).
El cambio climático y una creciente huella humana ponen a toda la Antártida en un mayor riesgo de sufrir invasiones (8). El cambio climático puede hacer que las condiciones ambientales se vuelvan más favorables para la introducción de nuevas especies, al tiempo que aumenta las probabilidades de que las poblaciones no autóctonas establecidas expandan su distribución y su capacidad de competencia con las especies autóctonas (3,5). Los desplazamientos del ser humano entre las distintas regiones antárticas pueden también ocasionar el traslado de especies no autóctonas ya existentes en una zona a otras zonas antárticas (5). Por ejemplo, los estudios han demostrado que un mosquito no volador (Eretmoptera murphyi), introducido por accidente en las Islas Orcadas del Sur, puede sobrevivir y completar su ciclo vital bajo condiciones climáticas halladas a unos 750 km al sur de la Península Antártica (14). Las actividades humanas también podrían favorecer el traslado de especies antárticas autónomas hacia áreas más internas de la Antártida donde normalmente no se encontrarían y así alterar los ecosistemas ya existentes (15).
No todas las especies no autóctonas representan el mismo grado de amenaza para los ecosistemas antárticos. La especie Poa annua (pastito de invierno) ha invadido la mayoría de las islas subantárticas y recientemente se la describió como especie invasora también en la Antártida (1,5,16). Las distintas estrategias reproductivas que tiene esta especie puede explicar, en parte, el éxito de su colonización. La distribución de este pasto en la Antártida ha venido aumentando; ya se ha confirmado su presencia en seis ubicaciones de la Península y las Islas Shetland del Sur y se han erradicado con éxito pequeñas poblaciones en cuatro sitios (5,16). Diversos estudios genéticos de Poa annua en la isla Rey Jorge (isla 25 de Mayo) revelaron que esta especie se introdujo en reiteradas oportunidades tanto desde Europa como desde América del Sur (17). La especie Poa annua puede tener efectos negativos sobre las especies de plantas autóctonas y, en una ubicación de la Antártida, se ha expandido desde su sitio de introducción inicial al ecosistema local (5,18).
Las especies invasoras pueden causar un gran daño en la estructura y función del ecosistema. A modo de ejemplo ilustrativo, el escarabajo depredador Merizodus soledadinus, introducido por accidente en las islas subantárticas Kerguelen, ha atacado y se ha alimentado de poblaciones de invertebrados autóctonos y ha reducido así el ciclo de nutrientes de los ecosistemas invadidos (2). En la Antártida, la larva del mosquito Eretmoptera murphi puede completar el ciclo de nutrientes del suelo hasta nueve veces más rápido que las poblaciones de invertebrados autóctonos y, si se llegara a expandir, este mosquito podría alterar los hábitats terrestres de toda la Península (14).
La mayoría de las especies no autóctonas de la Antártida se han encontrado en las inmediaciones de las bases de investigación y en los sitios de desembarco para visitantes, lo cual sugiere que su presencia, establecimiento y proliferación se ven favorecidas por las actividades humanas (8,16). La alteración del suelo, por ejemplo, puede estimular la proliferación y germinación de la especie no autóctona Poa annua pero no así de plantas autóctonas (16). La biología de ciertas especies invasoras les permite sobrevivir en una amplia gama de condiciones ambientales, característica que puede propiciar un rápido crecimiento en su distribución antártica (1,8,14). La especie Hypogastrura viatica es el colémbolo (Collembola) no autóctono que más se ha diseminado por la Antártida, distribuido en cinco ubicaciones de la Península, entre ellos, sitios visitados por turistas (4,13). Esta especie, que tiene preferencia por suelos perturbados, ha demostrado tener una mejor capacidad de competencia y desplazar a las especies autóctonas subantárticas. Esta especie se detectó por primera vez en 1949 en la isla Decepción y, hoy en día, tiene allí una densidad de más de 5.500 individuos por litro de suelo. Aún no hay registro de la presencia de Hypogastrura viatica en su isla vecina, la isla Rey Jorge (isla 25 de Mayo), pero los altos niveles de actividad humana llevada a cabo en la región pueden traducirse en un riesgo significativo para esta importante porción de terreno sin hielo de sufrir una invasión (4,8,13).
Puede resultar difícil diferenciar una nueva introducción de especies no autóctonas transportadas por la actividad humana de aquellas especies introducidas por acción del viento, las corrientes oceánicas o la vida silvestre (colonizadores naturales) (9). Para citar un ejemplo, no hay pruebas suficientes que permitan establecer de manera fehaciente si el áster sudamericano Nassauvia magellanica presente en la isla Decepción o si las semillas del junco Juncus bufonius de la costa oeste de la Bahía Almirantazgo (Bahía Lasserre) de la Zona Antártica Especialmente Protegida N.° 128 se introdujeron por acción del hombre o por procesos naturales (9,19). Es importante establecer una correcta diferenciación en este sentido para su futura gestión, ya que el Protocolo estipula que las especies no autóctonas deben erradicarse (9). Dentro del área del Tratado Antártico ya se han eliminado varias plantas no autóctonas que crecían aisladas o en pequeños grupos (4,5,9) y se han iniciado algunos programas de erradicación de gran envergadura. También se ha intentado erradicar vertebrados, invertebrados y plantas de las islas subantárticas, tales como renos y ratas de las Islas Georgias del Sur (South Georgia), gatos e invertebrados Porcellio scaber de la isla Marion y las especies herbáceas Anthoxanthum odoratum y Rumex crispus de la isla Macquarie (1,9).
Las próximas investigaciones científicas podrían aportar mayores beneficios al estudiar:
- la biología y las características funcionales de las especies no autóctonas existentes a fin de determinar métodos para su control o erradicación
- el grado, la magnitud y los impactos de la introducción de microbios y especies marinas
- el nivel y los impactos del traslado de organismos autóctonos entre las diferentes regiones ecológicas de la Antártida (15)
Se han elaborado protocolos de evaluación de riesgos que indican cuáles son las especies no autóctonas con mayor probabilidad de convertirse en especies invasoras, si llegaran a introducirse, dirigidos a ciertos grupos biológicos de la región subantártica, y podría ser útil elaborar este mismo tipo de protocolos también para la Antártida (13,20).
