Los seres humanos han difundido organismos por toda la tierra, muchos de ellos de manera no intencional, a través del comercio, las exploraciones y los viajes. Algunos de esos organismos son versátiles y pueden adaptarse y prosperar en los nuevos ambientes. En términos globales, este movimiento de organismos generado por el ser humano hacia zonas que sobrepasan sus entornos naturales (por lo cual suelen ser llamados especies no autóctonas) es el responsable de los principales cambios en la estructura y funcionamiento de los ecosistemas, de la reducción de la biodiversidad, y de los negativos efectos económicos (1).
La Antártida y sus ecosistemas dependientes y asociados se encuentran bajo una presión cada vez mayor producida por la introducción no intencional de especies no autóctonas (2-7). El aumento de la actividad humana en la región aumenta la probabilidad de la llegada y establecimiento de las especies no autóctonas (2). El aumento de la actividad humana al interior de la Antártida aumenta la probabilidad de la llegada y el establecimiento de las especies autóctonas a regiones biogeográficas fuera de sus entornos naturales (2, 3, 5). Esto, a su vez, puede aumentar la probabilidad de alterar las distintas regiones biogeográficas dentro de la Antártida.
Existe evidencia en cuanto a que se han introducido en la Antártida principalmente especies terrestres y algunas especies marinas no autóctonas en cantidades importantes de manera accidental (2-6). Las semillas y suelo son transportados en la vestimenta y pertenencias personales, y también se transportan organismos durante los envíos, la construcción y las actividades logísticas en general (2-6). Se sabe que algunas de estas especies no autóctonas se han establecido, algunas se han mantenido durante muchos años y algunas han ampliado sus áreas de distribución y han pasado a ser invasivas (5, 8, 9). La experiencia obtenida en medioambientes de todo el mundo y a partir de medioambientes comparables en las zonas árticas y subantárticas sugiere que las especies invasivas en la Antártida pueden producir impactos medioambientales y económicos importantes e irreversibles en los ecosistemas antárticos (1, 7, 10). En las zonas subantárticas, animales vertebrados de pastoreo y plantas han alterado los conjuntos de plantas autóctonas, roedores y felinos no autóctonos han reducido en gran manera las poblaciones de aves, e insectos no autóctonos han alterado la renovación de los nutrientes y disminuido la riqueza de los insectos locales (3, 7).
Es probable que los impactos producidos por la introducción de especies no autóctonas en la Antártida, y por el traslado de especies propias de la Antártida en el interior de esta, se vean exacerbados por el cambio climático (2). En algunos sectores de la Antártida el clima está cambiando de manera drástica, lo que aumenta la probabilidad de que se establezcan especies no autóctonas en esas zonas (4, 10). Una evaluación del establecimiento de las especies no autóctonas realizada en todo el continente antártico demostró un sustantivo aumento en la probabilidad de su establecimiento en lugares fundamentales en el futuro (2, véase la Figura 1).
El Protocolo al Tratado Antártico sobre Protección del Medio Ambiente (el Protocolo) aspira a proteger de manera integral el medioambiente de la Antártida y sus ecosistemas dependientes y asociados. Esto incluye la prohibición de la introducción intencional de especies no autóctonas en el área cubierta por el Tratado Antártico, salvo que exista un permiso (el cual puede otorgarse solamente en circunstancias reguladas).
En 2011, tras varios años de desarrollo por el CPA, las Partes del Tratado Antártico reconocieron que la introducción de especies no autóctonas en la región antártica, incluyendo el traslado de especies entre los distintos lugares al interior de la región, representaba un grave riesgo para la biodiversidad y para los valores intrínsecos de la Antártida. Por medio de la Resolución 6 (2011) la XXXIV Reunión Consultiva del Tratado Antártico (RCTA) aprobó un Manual sobre especies no autóctonas que incluye directrices y recursos para ayudar a las Partes a cumplir con el siguiente objetivo acordado para un trabajo posterior en la materia:
Conservar la biodiversidad y los valores intrínsecos de la Antártida previniendo la introducción no intencional, en la región antártica, de especies que no son autóctonas de esa región, y el movimiento de especies, dentro de la Antártida, de una región biogeográfica a cualquier otra. Manual sobre especies no autóctonas).
Reducir el riesgo de trasladar especies entre los distintos lugares de la Antártida ha sido el foco reciente del trabajo de gestión de los riesgos ocasionados por las especies no autóctonas. En 2012 la XV Reunión del CPA refrendó 15 diferentes regiones biogeográficas para su conservación (11). La demarcación de esas regiones biogeográficamente diferentes respalda la gestión de los riesgos producidos por las especies no autóctonas asociados a los traslados entre las regiones al interior de la Antártida.
La presión en aumento ocasionada por el cambio climático y el aumento de la actividad humana puede incrementar el riesgo de la introducción de especies no autóctonas así como expandir sus áreas de distribución (3, 5, 11, 12). Es por eso que la constante investigación de los impactos producidos por las especies no autóctonas, la difundida adopción de prácticas que reduzcan su introducción y diseminación, y una respuesta ante dichas introducciones, son parte integral de la protección de la Antártida y de sus ecosistemas asociados.
Figura 1. El riesgo relativo del establecimiento de plantas vasculares exógenas en la Antártida. A las áreas sin hielo que no reciben visitantes se les asigna un valor menor debido al menor riesgo de establecimiento de especies ante la ausencia de desembarcos de visitantes. Los insertos muestran en detalle el índice de riesgos en la Península Antártica y en el mar de Ross, respectivamente. Las áreas sin hielos se muestran en gris oscuro, las áreas continentales en gris claro, y la plataforma o lengua de hielo se muestra de color azul claro. Fuente: Chown et al. 2012 PNAS 109, 4938-4943.
